LA CREDULIDAD DISFRAZADA DE ESCEPTICISMO

En cierta etapa de la vida, podemos vernos tan inmersos en nuestros propios pensamientos y situaciones que no sabemos como gestionar ciertos acontecimientos que en verdad son totalmente normales en el transcurso de este gran camino. Aprendemos a conocernos de maneras inesperadas, en medio de una personalidad que busca aplicarse a la realidad y enfrentar escenarios de los cuales pocas veces hemos tenido la oportunidad de escuchar pero que nos ha llegado la hora de presenciarlos. Tuve la oportunidad de escuchar un paradigma sobre una situación que particularmente se presenta en muchas culturas y me parece pertinente reiterarla para introducir el tema en cuestión: una madre expresaba lo orgullosa y feliz que se encontraba de su hija indicando que ´´ella no tiene que trabajar, su esposo es un príncipe azul que cubre todos sus gastos, vive para ella y la trata como una diosa´´ generando un sentimiento de placer para que cualquiera sienta que esa dicha es inmensamente deseada, mientras que otra madre, totalmente indignada y decepcionada decía que ´´mi hijo se casó con una inútil que cree que lo único que él tiene que hacer es trabajar para mantenerla, porque ella es una vaga´´ creando indignación y anhelando que jamás le pase a nadie cercano; lo que se busca probar a través del enunciado, es que las cosas siempre estarán bien únicamente cuando le convenga al portavoz.


La formación de una persona desde su nacimiento dependerá de la educación y tipo de crianza que reciba, mientras que las ideologías que desarrolle irán de la mano con el entorno en el que permanezca y las doctrinas personales que sus guías les inculquen, lo que influirá en su personalidad y el forjamiento de su concepción personal sobre la cotidianidad. La personalidad hace que los humanos se puedan diferenciar y distinguir de manera propia y en base a esta, se emiten juicios y se colocan etiquetas a cada cual como si fueran una verdura de supermercado.

 

Conocemos a personas a mediados de nuestra vida que pueden influir en la tenacidad y fortaleza del desarrollo de nuestra personalidad y es la imagen que se mantiene otorgando identidad, a pesar de que esto depende mucho más del aprendizaje adquirido por medio de los patrones y experiencias que se ilustran en el ambiente, lo que nos motiva a generar un prototipo de pensamiento considerado como acertado, sin embargo, no necesariamente se emiten opiniones ni se generan apreciaciones justas con relación a las circunstancias de la vida, ya que muchas veces no se analiza con la profundidad y calidez qué ésta amerita porque en ese momento no se disponen de herramientas verídicas que puedan alcanzar una conclusión justa sobre una persona.

En otros términos, etiquetar una persona por un hecho o en un momento sin considerar todo el entorno (incluyendo el propio) puede llevarnos a equivocaciones que se arrastran con el pasar de los años y ejemplifico: estando en su adolescencia, si un joven muestra rebeldía en su comportamiento los demás que se encuentran en la juventud o adultez pueden etiquetarlo como conflictivo o problemático y sin embargo, puede que no tenga nada que ver con su personalidad, sino con la falta de gestión de emociones por situaciones que en su cotidianidad no puede controlar ni dispone de una guía con herramientas eficaces para tratar las vivencias del momento. Es importante destacar que no se trata de una absurda justificación de comportamientos, sino de la aplicación de la empatía compartiendo el sentimiento de la cara que muchas veces no se ve ni se comprende, entendiendo que es una situación en la que influye el entorno y la educación, así como también que somos sujetos de la vida sin excepción de repetir la experiencia en carne propia.

 

Lamentablemente por lo general no se suele aplicar empatía, sino juicios basados en prejuicios propios alimentados de pena o rechazo por desconocimiento e inexperiencia en la trayectoria. Luego de este apartado podemos llegar a la premisa de que, si todas las situaciones realmente merecen empatía, y la verdad es que las situaciones no, pero las personas definitivamente sí. Las familias no se eligen, los entornos no se escogen y aprendemos a manejar las situaciones con las herramientas que disponemos al momento, igual que las opiniones que se emiten sin discernimiento. Obedecer a pensamientos sociales que buscan alimentar oídos vanos no es más que una práctica paupérrima en la búsqueda incansable de satisfacción personal a través de las desgracias ajenas.

 

A pesar de que la evolución de los años debería significar el desarrollo de inteligencia emocional, actualmente existen millones de personas que por sus circunstancias aún no conocen la implicación que esto tiene en su vida, por lo que, puede que no comprendan la libertad que poseen en la elección del aprendizaje y los giros que pueden aplicar cuando desean mejoría, no obstante, hay personas que se encuentran totalmente conscientes de que pueden elegir, se nutren de las ideologías para implementar progresos en la gestión de emociones y enfrentar todas las situaciones con una mejor percepción de la vida y la madurez necesaria para adquirir experiencias enriquecedoras.

 

Somos seres imperfectos por naturaleza y la vida se encarga de recordarnos que no somos los elegidos del mundo solo para presenciar los avatares de la vida, sino que así como cuestionamos las elecciones ajenas, probablemente enfrentando esas circunstancias y con el conocimiento de ese momento, hubiéramos actuado de la misma manera o quizás de una manera menos hábil. No se trata de ser una persona perfecta, sino de comprender que la evolución humana no tiene límites cuando se trata de crecer.

 

Cometemos el error de adelantarnos en la emisión de comentarios sobre situaciones ajenas a nuestra realidad como si tuviéramos una capa de resolución de temas cotidianos para cada situación que pueda presentarse, y es muy probable que en circunstancias similares a la de los demás, ni siquiera sabríamos realmente qué hacer contando con las mismas armas y hago énfasis en esto por la importancia que radica en la gestión eficaz de las emociones humanas. Un ejemplo de esto, es lo siguiente: estamos en las redes y vemos un video sobre un incidente entre dos personas, donde una tiene un arma apuntando a la otra quien suplica por su vida y sin embargo, el atacante le dispara; la respuesta automática sobre esta situación es que al homicida tiene que pagar, que no existe condena en este país y un sin número de comentarios que no aportan a la situación, pero vamos a darle un giro a este caso para entender el contexto ¿Qué pasa si el victimario ha sufrido una pérdida irreparable de un ser querido (padre, madre o hijos) a causa del fallecido? ¿Qué pasa si en su falta de manejo de emociones e impotencia no puede controlar su ira? Esto nos muestra que toda situación siempre tiene dos caras y nunca sabemos a ciencia cierta el impulso real que motive la comisión de un hecho y sin menospreciar la vida humana, no es que el victimario tenga derecho de quitar una vida por su dolor, pero colocándonos en sus pantalones (mental y físicamente) y viendo la magnitud de la pérdida, cualquiera podría hacerlo (retirando de esta ejemplificación ciertos casos especiales que no cumplen con los mismos requisitos).

 

De aquí se deriva la importancia de no tomar una postura que pueda evidenciarnos como personas a falta de criterio reflexivo, que solo juzgan sin importar la totalidad de los hechos y que no mide el resultado de sus palabras. En estas situaciones muchas veces se reprocha la ética de un profesional jurídico o de salud al defender o salvar de ciertas situaciones a los humanos pero se desconoce que estos especialistas hacen un juramento de cumplir con su deber de servicio indistintamente de las circunstancias, haciendo su ejercicio más emotivo y comprometido que cualquier otra profesión.

 

Emitir juicios sobre situaciones ajenas que puedan o no ir de la mano con la presencia de emociones pasajeras, es una actividad social entretenida que ejecutamos todos en un punto de la vida, pero la verdad es que carece de valor y trascendencia para ti y los demás. Siempre y cuando sea a otro que le suceda, todos sabremos qué hacer.

 

Parte de un buen aprendizaje para la gestión de emociones versa sobre evaluar el cómo reaccionamos y pensamos ante panoramas foráneos, la comprensión de la vida al punto tal de que somos susceptibles a todo y captar que no hay límites en cuanto a escenarios que podamos protagonizar porque muchas veces, hay cosas que escapan de nuestro control y es algo que al aprehender (definido por la RAE como ´´Concebir las especies de las cosas sin hacer juicio de ellas o sin afirmar ni negar´´) optimizamos nuestra forma de pensar y nos permite ser mejores humanos.

 

Ser mejor no nos hace superiores, pero adquirimos la capacidad de cambiar el entorno en el que nos desarrollamos y somos ejemplo para aquellos que quieren aprender a crecer.

 

La empatía no cambia los hechos, pero transforma la manera en que vivimos con ellos.

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